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Persona navegando por internet con un ordenador portátil y un teléfono móvil sobre una mesa de madera.
Seguridad

El eslabón más débil de la ciberseguridad no es técnico: somos nosotros

  • Los fraudes con inteligencia artificial han crecido un 3.000%
  • Estrés, ansiedad y emisión de CO2: el precio oculto de vivir hiperconectados bajo amenaza constante
Andrea Benito
Andrea Benito
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Casi la mitad de los internautas en España ha caído alguna vez en la trampa. Los ciberdelincuentes ya no necesitan hackear complejos sistemas informáticos; les resulta mucho más fácil y barato hackearnos a nosotros. De hecho, más del 95% de los incidentes de ciberseguridad actuales tienen su origen en un error o descuido humano, según el informe Bienestar digital: hacia un uso consciente de la tecnología para preservar nuestra seguridad frente al fraude, elaborado por ING.

El fraude digital ha dejado de ser un problema puramente técnico para convertirse en un reto psicológico. Los estafadores utilizan la “ingeniería social”, tácticas diseñadas para manipularnos y engañarnos mediante el miedo o la urgencia.

Un ejemplo claro son las recientes oleadas de SMS falsos (phishing) que suplantan a entidades como ING. Los criminales envían mensajes generan un estado de pánico que nos lleva a pulsar enlaces peligrosos sin pensar. Es bajo ese estado de secuestro emocional cuando abrimos la puerta al atacante.

Alerta de phishing y ciberseguridad: persona recibiendo un mensaje malicioso en su smartphone frente a un portátil.
Fuente: Freepik

La Inteligencia Artificial dispara la amenaza

A este escenario de estrés se suma el uso malicioso de la Inteligencia Artificial (IA). Los criminales están automatizando y perfeccionando sus engaños a una velocidad sin precedentes, haciendo que las estafas sean casi indetectables.

El impacto de esta tecnología en nuestra seguridad se resume en los siguientes datos:

  • Crecimiento explosivo: los fraudes apoyados en Inteligencia Artificial han crecido un 3.000% recientemente.
  • Deepfakes al poder: la falsificación de voces, imágenes o vídeos (deepfakes) es cada vez más perfecta, haciendo muy difícil distinguir a un familiar o a nuestro jefe de un impostor.
  • Víctimas en España: el 47,4% de los usuarios digitales en nuestro país reconoce haber sido víctima de alguna estafa en internet.

La amenaza no siempre crece por su gravedad, sino por su repetición: aunque algunos incidentes cibernéticos sean menos graves, siguen siendo igual de frecuentes y mantienen al usuario expuesto a intentos constantes de engaño.

La inmediatez juega en nuestra contra

La rapidez que exigimos en nuestro día a día choca de frente con los protocolos de seguridad. Javier Montes, director general de banca para particulares de ING, pone el foco sobre el problema de los pagos rápidos.

“A pesar de los esfuerzos, la inmediatez de las transferencias instantáneas también reduce el margen para detectar y frenar el fraude, especialmente en operaciones de gran importe”, advierte Montes.

Para combatir esto, bancos y teleoperadoras están introduciendo lo que llaman “fricción positiva”. Se trata de alertas inteligentes que pausan la operación unos segundos y obligan al usuario a confirmar ciertos datos antes de enviar el dinero, rompiendo así el estado de urgencia provocado por el estafador.

Mujer asustada frente a un portátil, representando los peligros en internet.
Fuente: Freepik

Otro problema es que muchas víctimas ni siquiera llegan a comunicar el intento de fraude, lo que dificulta detectar patrones y frenar nuevas campañas.

El peaje oculto: salud mental y medio ambiente

Estar permanentemente conectados y bajo amenaza constante de fraude nos pasa factura. En España pasamos más de 4 horas diarias pegados a la pantalla del móvil, una hiperconectividad que está disparando los niveles de estrés.

  • Ansiedad digital: el 55% de los síntomas de estrés y ansiedad actuales están directamente vinculados al uso de redes sociales.
  • Ansiedad profesional: la amenaza constante de sufrir un ciberataque ya genera ansiedad al 37% de los profesionales.

Ese clima de alerta constante encaja con un escenario en el que España sigue en el punto de mira de los delincuentes digitales, con una presión sostenida de ciberataques diarios que afecta tanto a usuarios particulares como a empresas.

Por si fuera poco, este estilo de vida hiperconectado tiene un daño medioambiental masivo e invisible. Hablamos del dark data, esa inmensa cantidad de datos y correos obsoletos que almacenamos sin sentido en la nube y que requieren servidores permanentemente encendidos.

Para hacernos una idea del impacto real: descargar un solo gigabyte de datos puede llegar a emitir 7 kg de CO2. Además, el auge de las nuevas tecnologías no ayuda a frenar este consumo, ya que pedirle a una IA generativa que nos redacte un texto gasta unas 10 veces más energía que hacer una simple búsqueda tradicional en internet.

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